sábado, 30 de abril de 2016

La Muerte

Anoche tuve una charla,
¡con la Muerte!.
Sentada en la vieja poltrona
de la sala,
deshojaba un raído Otelo
entre las manos.
El sueño comenzó a pesarme
en los párpados
y entre cabeceos intermitentes,
por un momento, creí dormir.
¡He venido por tí!
Me despertó la voz helada
de la visita inesperada,
que sin aviso previo,
ni golpe de puerta,
ante mí se presentaba.
Perpleja ante tal desfachatez,
levanté la vista
para ver a la que me interpelaba.
Frente a mí,
vestida con la negra túnica
y la huesuda mano
en la guadaña,
de pié, altiva, fría, lejana,
estaba la vieja cara de calaca.
¡He venido por tí!
Repitió la voz helada.
El frío me recorrió entera.
Frente a mí estaba la muerte,
¡y venía por mí!.
Salí de mi estupor
y aclarando un poco la garganta,
osé decir:
"Así que mi hora ha llegado,
porque ante mí te encuentras
de pie, altiva, fría,
¡y parecías tan lejana!.
No quiero parecer contrariada,
pero como no te esperaba,
mira mis manos, dije
y dejando caer el libro
las manos extendí,
no tienen para tí nada.
Ni pecados que me condenen.
Ni obras que me rediman.
¿Dónde vas a llevarme,
si no hay pruebas que me absuelvan
o me acusen?
Ni en el cielo ni en el infierno
esperan por mí."
Un instante eterno duró el silencio
roto con su macabra carcajada.
¡La Muerte se burlaba de mí!
"Una eternidad ha pasado
desde que un mortal humano
ha tratado de zafarse de mí.
Más en gracia me has caído
con tu intento pueril.
Vive pues, hasta que vuelva por tí"
Su voz helada inundó la sala
y cómo llegó se fue.
Sentada en la vieja poltrona
recogí el Otelo raído,
desconcertada, aturdida,
me levanté sin saber dónde ir.
Otro día vendrá por mí la Muerte
y esa vez no sabré qué decir.

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