Y hubo una vez
un Lobo atrevido,
que con galante zalamerío
vino a susurrarme al oído:
"Anoche he soñado contigo".
Con la sonrisa de la intriga,
sobre el sueño del Lobo, mi amigo,
sin preámbulos pregunté:
"¿Y de qué iba tu sueño, Lobo mío?"
"Fue un sueño hermoso" - me dijo -
"tú y yo corríamos juntos.
Entre saltos, risas,
ocasionales abrazos,
surcábamos el prado
para alcanzar la luna."
Sonreí divertida por toda la picardía.
El Lobo quería ir a la luna en mi compañía.
"¿Y llegamos a ella?" - pregunté.
"Llegamos - afirmó - y ya en la luna
dijiste que iba a ser mía.
Te entregaste sin reparos
al calor de mi abrazo.
Nos amamos hasta quedar exahustos.
Y sobre el lomo de la luna,
de dicha aullé."
Los ojos del Lobo brillaban,
mientras esto decía.
Quedé hipnotizada por la intensidad
de su fiera mirada.
Un instante luego, atiné a decir:
"¡Qué sueños los tuyos!, amigo Lobo,
mira que has provocado mi sonrojo."
Y sin saber qué más decir,
con una sonrisa cándida
y el corazón en avalancha,
dí media vuelta y me fuí.
La próxima vez que te vea,
me haré tinta y me derramaré en tu piel.
Ingresaré por tus poros,
recorreré tus caminos internos,
esbozaré dibujos eternos,
en cada rincón de tu pecho.
La próxima vez que te vea,
me derramaré hecha tinta en tu piel.
Me mezclaré con tu sangre,
para teñirte de mí por completo.
No quedará en tí un sendero
que no vaya a recorrer.
La próxima vez que te vea,
teñiré entero de mis colores tu ser.
Esparciré en cada una de tus células
mi alma hecha pigmento.
Que quede impregnado tu cuerpo
del color y perfume de mi ser.
La próxima vez que te vea, la próxima...
si es que existe una próxima vez.