viernes, 13 de mayo de 2016

La ciudad

Calles.

Aromas de asfalto y ladrillo.
Gente que viene y que va,
rápida, lenta, silenciosa,
otras veces gritando sus motivos.

En el cruce del semáforo,
el interminable cambio de luces,
acompañado fielmente
por los bocinazos sin sentido.

Y va de ida el grito del ventero.
Viene de vuelta el pito del gendarme.
Vuela potente el llanto del niño.
La risa del joven, aumenta del sol el brillo.

Casas, parques, edificios.

Muros que esconden risas
y ventanas que muestran llantos.
¡Tantas historias en cada metro!
¡Tantos recuerdos sin memoria!

Entre los recovecos anidan suspiros.
En cada grieta, amores y desamores,
como finas telas de araña,
tejen historias para el olvido.

Y en los árboles van tatuados,
corazones borrosos que dicen: Tú y yo,
enmarcados en promesas de eternamente
que finalmente terminaron en adiós.

Mercados

Puestos de venta alineados
en hileras multicolores,
mezcla infinita de aromas y colores,
de sueños, esperanzas y decepciones.

Corren por sus pasillos angostos,
los andares de la oferta y la demanda,
a la velocidad que van los rumores
que cambian de versión de cuadra en cuadra.

-¡Comprame casera!- grita la ventera.
-¡Estas pesando tomates como oro!-
reclama la señora y entre el comino y el hinojo,
un pequeño ratón hace su agosto.

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